Correa en la mira del imperio

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Por Gustavo Espinoza M. (*)

 

La elección de Rafael Correa en la presidencia de Ecuador en diciembre del 2006 puso fin a un periodo convulso en el país del guayas, hasta entonces agobiado por una aguda crisis de gobernabilidad.

Sucesivas administraciones fugaces pretendieron encarar la problemática planteada en la patria de Eloy Alfaro, pero no acertaron en nada. Ni en las fórmulas económicas que les permitieran estabilizar la vida interna, ni en las políticas sociales que respondieran a las inquietudes ciudadanas.

Rafael Correa, que había sido ministro por un breve tiempo y que renunció a sus funciones por discrepar del “modelo” neo liberal que se buscaba imponer, despertó algunas expectativas, aunque también una buena dosis de escepticismo.

¿Será capaz de salir airoso allí donde habían fracasado políticos más conocidos y aún “experimentados”? ¿Podría encontrar un lenguaje común con la ciudadanía para gobernar al Ecuador, que parecía ya una sociedad inmanejable? ¿Estaría en condiciones de perfilar un camino de desarrollo que devolviera la confianza a la población?

Cuando el nuevo mandatario inició su gestión gubernativa en enero del 2007, estas interrogantes aparecían planteadas con fuerza. Hoy, ocho años después. Bien puede asegurarse que el pueblo ecuatoriano dio a cada una de estas interrogantes, una respuesta afirmativa.

Rafael Correa no sólo pudo encarar con acierto la crisis económica, sino que impulsó también una política social avanzada, preservó las riquezas básicas de la nación, se entendió con la ciudadanía en términos democráticos y sostuvo un rumbo patriótico en cuyo centro estuvo la defensa de la soberanía nacional.

Por esa política, Correa se ganó la confianza de los ecuatorianos y se convirtió incluso en figura continental. Hoy, es considerado uno de los Presidentes más serios y eficientes de la región.

Como se recuerda, recientemente, en el año 2013, la administración de Quito inició tratativas con la Unión Europea con miras a encarar un tratado comercial beneficioso para el país. Las conversaciones llegaron al final en el 2014, y el acuerdo entró en vigencia en forma inmediata.

En la misma lógica que pauteara estas negociaciones, el gobierno de  Correa aseguró que no aceptaría un acuerdo con el Fondo Monetario que se empeñaba en “supervisar” el programa económico del país. Consciente de sus responsabilidades nacionales, el Mandatario se negó a atenuar el rol del Estado. Por el contrario, insistió en la necesidad de planificar y administrar recursos básicos para el desarrollo.

Como consecuencia de la caída internacional del precio del petróleo, desde los primeros meses del 2014, Ecuador se vio forzado a adoptar medidas complementarias: Incrementó impuestos, recurrió a políticas de austeridad en el gobierno, bajó sueldos a la burocracia estatal en todos sus niveles e insertó salvaguardias económicas a productos extranjeros. Esto generó un rechazo claro por parte de los segmentos afectados por las disposiciones.

La situación se tornó recientemente, más compleja porque el gobierno resolvió promover nuevas iniciativas, introduciendo impuestos a la herencia y otras medidas. Ellas, finalmente, fueron combatidas por la oligarquía nativa y los medios de comunicación a su alcance.

La suma de unas fuerzas y otras, ha generado hoy una ofensiva creciente contra el gobierno de Rafael Correa, al que buscan abiertamente derrocar.

La idea no es nueva. Ya en el 2010 idearon un “Pusch” policial que logró retener por varias horas al mandatario. Este, que enfrentó valientemente a sus precarios captores, encontró rápido respaldo en la ciudadanía, que se movilizó resueltamente para restituirlo en el Palacio de Carondelé.

En esas horas, en la que realmente se quebró el orden constitucional, ni la prensa grande ni los partidos tradicionales derramaron una sola lágrima por la democracia afectada. Ni siquiera atinaron a alzar su voz demandando la restitución del orden legal aviesamente arrasado.

Por el contrario, batieron palmas por la caída de Correa e hicieron votos porque “retornaran al Poder” las viejas y rancias oligarquías de antaño. Como ocurriera en Caracas, algunos años antes, en Quito sus planes se ahogaron y el pueblo se impuso.

Desde entonces se sellaron dos orientaciones definidas: el gobierno de Correa se comprometió más con los intereses de su país, y la ofensiva reaccionaria se hizo más agresiva y violenta que nunca.  Ahora, esa contradicción así incubada, ha hecho crisis.

La oligarquía, actuando en consonancia con el poder extranjero busca afanosamente poner fin al  gobierno de  Correa por la vía de la insurgencia, ya que por el camino electoral y democrático, ha sufrido sucesivas derrotas.

Por un lado, ha accionado a través de la Chevron  -empresa imperialista de vieja data en el Ecuador-; y por otro, ha movido las piezas a mano -las camarillas partidistas y la prensa a su servicio- para generar un clima de desgobierno.

La ofensiva contra el régimen de Quito no debiera sorprender a nadie. Tiene lugar cuando el Imperio busca accionar la denominada “Alianza del Pacífico”, de la que Ecuador es solamente miembro “observador”, para afirmar su dominio en esta área del continente y enfrentar el proyecto liberador del ALBA.

Y ocurre cuando se mueve el escenario continental, agitado por la voluntad del imperio, que quiera cambiar la correlación de fuerzas en América Latina para aislar y derrotar a la experiencia bolivariana de Venezuela.

El Imperio sabe que en octubre de este año tendrán lugar elecciones en Argentina; y en abril del próximo habrán comicios en el Perú. Abriga la idea de dar al traste con el gobierno de Kichner y recuperar posiciones y privilegios en el Perú impulsado el accionar de la Mafia representada por Keiko Fujimori y Alan García.

Y sabe, además, que tuvieron éxito -aunque relativo- sus ventura golpistas en Honduras y en el Paraguay.

No descarta, entonces, impulsar una acción golpista en suelo ecuatoriano para incrementar su presión sobre Colombia y hacer frente a Venezuela por la vía de las armas. Es eso lo que prepara.

Los pueblos de América tienen el deber de denunciar y desenmascarar esta política, enfrentarla y derrotarla sin atenuantes. Será esa la única manera de afirmar el proceso liberador que hoy se desarrolla de manera vigorosa en nuestro continente.

La solidaridad con Ecuador no es sólo el apoyo a la causa de un pueblo hermano. Es también un modo práctico de proteger y cautelar nuestro propio destino (fin)

(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / http://nuestrabandera.lamula.pe  

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